Cartas históricas

Para que sean más fácil de encontrar, aquí guardo las cartas sobre Cáceres que mis padres encontraron en un viejo libro de cocina de la abuela Emilia. Iré compartiéndolas. ¡Estad atentos!.

MENCÍA ÁLVAREZ DE LOS NIDOS COPETE DE SOTOMAYOR, CÁCERES, AÑO 1544

En la noble y muy leal villa de Cáceres, a 28 días del mes de junio del nacimiento de nuestro Salvador de mil quinientos cuarenta y cuatro.

              ¡No puedo contener la emoción!. Por fin hoy hemos recibido la real cédula que nos permitirá a Juana y a mí partir con Gonzalo al Perú. Así pues, comienzo un diario a modo de testamento de todas las cosas que vayan sucediéndome, por si alguna razón, Dios no lo quiera, muero allá lejos o  en el largo viaje que nos espera.

             Desde que siendo niña conocí a esa costurera de Plasencia llamada Inés Suárez, no dejo de pensar en todas las historias que contaba sobre las Indias. Las horas que estuve con ella mientras me ajustaba las cotas y la basquiña a mi recién estrenado cuerpo de mujer, me abrieron los ojos a una aventura que estoy a punto de comenzar.

             Como muchos jóvenes de su edad, mis cuatro hermanos, primero Hernando que murió en las guerras contra los indios, luego Jerónimo, Francisco y Gonzalo, marcharon en busca de fortuna, de prestigio y de la ciudad de la que tanto se habla: El Dorado, que yo creo que no es más que una mentira para atraer a esas inhóspitas tierras hombre llenos de sueños pero también de avaricia. En esta tierra nuestra quedamos mujeres, niños y ancianos. ¿Qué posibilidades hay para nosotras?

              Así pues, cuando Jerónimo volvió de su corta aventura en las Indias, le propusimos enseñarnos, a Juana y a mí, a escribir, a leer, a montar a caballo y al manejo de la espada para ayudarnos así a enfrentar los peligros desconocidos del Nuevo Mundo; por supuesto, a escondidas de todos, pues no es digno que unas jóvenes de nuestra posición (casi arruinadas, pero hidalgas al fin y al cabo) aprendan estas artes. Si la costurera Inés ha ido, ¿por qué nosotras no?. 

               Mi hermano Gonzalito, conquistador del Perú y ahora regidor de Cuzco, ha preparado y costeado este viaje, el viaje que tanto ansío, no ya tanto por las riquezas, sino por sentir libertad, vivir la aventura y poder ser yo misma.

               Yo, Mencía Álvarez de los Nidos, hija de hidalgos y cristianos viejos de Castilla: hija de Francisco de los Nidos y Beatriz Álvarez Copete, nieta de Don Hernando de la Plaza, quién hizo juramento y pleito homenaje de acatar las Ordenanzas que la Reina Doña Isabel la Católica dio a la villa en el año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo  de mil cuatrocientos setenta y siete.

                Sea pues la voluntad del Santísimo la de permitirnos salir de estas despobladas villas, y partir valerosas a conquistar fortuna.

Mencía Álvarez de Sotomayor

CARTA DE ISABEL DE CASTILLA. CÁCERES, AÑO 1479.

Cáceres, año del Señor de 1479, mes de febrero.

Querido ser que estás en mi vientre:

Aprovecho esta jornada en mitad de mis habituales quehaceres en la corte para descansar y darte la bienvenida. Yo ya lo estaba imaginando pero era aún muy pronto para decírselo a tu padre.

Como cada día, esta mañana me he levantado muy temprano para preparar los dispensarios  y despedir al rey Fernando antes de partir a defender nuestro reino frente a los muchísimos enemigos que el poder conlleva; cuando me he sentido mareada unos minutos. A pesar de mi reticencia, (aún es demasiado pronto), el médico ha insistido en comunicarlo a tu padre, quién no ha podido ocultar la alegría y ha dado la noticia a sus compañeros de batalla antes de irse.  Así que, al atardecer, lo sabrá toda la villa. Me preocupa el revuelo y los inconvenientes que se están causando en la noble casa cacereña que nos acoge. No deja de entrar gente a felicitar a mi camarín. ¡Como si él hubiera hecho algo!.

Así que, por orden del médico y de mi esposo, debería estar en cama mientras las doncellas atienden a tu hermano Juan, que ya ha empezado a dar sus primeros pasos. Pero no soy yo de quedarme tranquila sabiendo que allá se libran batallas…

Desde la ventana se ve el bullicio típico del mercado: los judíos haciendo sus tratos, los moros con sus alfares y orives, un pastor con sus ocas,

venta ambulante de frutas y hortalizas, criadas portando las telas recién compradas por sus doncellas… Me gusta mucho la tranquilidad que se vive intramuros aquí.

Ésta es la segunda vez que nos alojamos en esta Villa que he decidido darle la distinción de Realengo, por sus muchos y buenos nobles. La casa de mi camarero,  Don Sancho de Paredes Golfín está siempre llena de niños que me alegran con sus ocurrencias. Son muchachos inquietos que juegan a ganar guerras para su reina; las niñas se afanan en coser estandartes de la ciudad a semejanza de los arreglos que hice la primera vez que vine a Cáceres.

Fue entonces cuando a la bandera ajada y descolorida que dos siglos atrás dio la victoria sobre los moros al rey Alfonso IX, le añadí junto a su león, mi torre de Castilla.

Hizo tanto calor aquellos días de junio que sólo se podía pasear al atardecer. Al terminar mis labores le pedí compañía a doña Isabel Coello. Deseaba poner en orden mis ideas  y juntas salimos a escondidas por uno de esos pasadizos que los moros construyeron. Mi amiga Isabel rezaba continuamente, rogándome que volviéramos antes de la puesta de sol y pidiéndole a Dios que no nos pillasen a hurtadillas no fuera a ser que nos confundiesen con las mujeres que vendían su cuerpo.

Paseando por la vereda a pie de la muralla, Isabel me contó una historia bastante triste sobre una familia de la villa que perdió su hijo a manos de un mono años atrás. La mujer desapareció de la alcoba donde se había encerrado con su hijo muerto, “nadie sabe muy bien por dónde. Pero dicen que la vieron sirviendo en la boda de vuestra sobrina en Plasencia. Después, nada se ha sabido”.

Casi había oscurecido, Isabel saludaba a algunas lugareñas que volvían a la villa con cestas cargadas y tinajas sobre la cabeza, cuando un campesino que recogía frutas del suelo, las más afeadas y maduras, me ofreció una manzana en perfecto estado gentilmente. “Buen hombre- le dije- no tengo nada que ofrecerle a cambio”. El campesino agachó la cabeza y murmuró que era un regalo de Dios por mi belleza. Ese gesto me conmovió el alma. Le pregunté cómo se llamaba y al día siguiente mandé a Sancho a que preguntase a ese campesino que si se le ofrecía una gracia sería cumplida por merced de su reina Isabel. Cuando mi esposo se enteró, se rió mucho de mí, pues dice que ese campesino buscaba otro tipo de agradecimiento ya que efectivamente pudo confundirnos con prostitutas en busca de soldados. Y es que esas mujeres visten con finas sedas, se acicalan con aceites y tienen modales de la corte, ¿cómo se atreven?.

En verdad te digo, hijo o hija, que sólo conozco el hombre que te engendró y que de ningún otro aceptaría regalos ni lisonjas.

¿No te he dicho qué pidió?, agua para regar las huertas. ¿Puede ser esa la petición de un hombre indigno?. No, ésa es la necesidad de un campesino que vive honradamente y que desea alimentar a su familia.

Trabajo es lo que necesita mi pueblo, menos impuestos y más tierras, pero esta estúpida guerra contra tu prima Juana nos ahoga a todos. El pueblo apenas tiene para comer, tantas tierras hemos cedido a la mesta, que poco queda para cultivar en estos parajes, tan amplios, ricos y desolados. Nosotros no tenemos un lugar al que llamar hogar. En ningún sitio nos encontramos seguros. Esta no es la vida que yo quiero para vosotros, ni para mis súbditos. En cuanto consigamos la paz con Juana, y consigamos recuperar Granada que por derecho divino nos pertenece, uniremos todos los pueblos bajo uno sólo, grande, muy grande, el más grande jamás imaginado, ya lo verás.

Te prometo como reina de Castilla y madre tuya que seréis criados y criadas en una corte cristiana, unida y culta, y éso es lo que transmitiremos a nuestro pueblo.

He querido venir a esta ciudad a defender mi derecho como Princesa de Asturias: Si bien hay nobles tan fieles como éste Sancho Paredes Golfín, cuya familia ha estado al servicio de los reyes de la conquista desde que recuerdan sus memorias, o los Villena en Trujillo, otros nobles del entorno se muestran hostiles, no apoyan a Juana sino que luchan por dinero, dinero que malgastan en ampliar sus casas con altos muros y torres aún más altas, en lugar de enriquecer sus tierras con canales que lleven agua limpia y otros que se lleven las sucias… Dinero que yo ya no tengo, y aún así vengo a negociar para que se unan a nuestra causa, pues es la más justa y confío en que sabrán aceptarlo.

Así, si Dios quiere, mañana lo dispondré todo e iremos tú y yo a ver esas huertas, pero esta vez con el sol en todo lo alto, pues por estas tierras en Febrero, aún con cielo despejado y sol reluciente, deja la sangre helada.

Tu madre, Isabel de Trastámara, Reina de Castilla, de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén, del Algarve, de Algeciras, de Gibraltar y Señora de Vizcaya y de Molina, reina consorte de Sicilia y Princesa de Aragón

           LEYENDA DE LA CASA DEL MONO DE CÁCERES.

-¡Tengo que deshacerme de él!, ¡Será una desgracia, un deshonor si mi esposo se entera!. ¿¡Un bastardo?!, ¡si yo no conozco varón más que mi esposo!. ¡Dios mío, me repudiará!, ¡podría golpearme o azotarme!. Tengo que traer a la bruja, ¡que me lo arranque de las entrañas!.-

Así gritaba mi señora cuando descubrió que las visitas en mitad de la noche, que ella creía soñadas pues decía despertarse agitada empapada en sudor, le dejaron el fruto del adulterio agarrado en las entrañas.

Mi señor, de largo linaje pero recién llegado a la villa llamada de Cáceres, casó en primavera con una preciosa doncella de apellido novelesco mucho más joven que él. Pasó toda la temporada de nieves y viéndola desesperada por no engendrar descendencia, compró a un mercader venido de lejos un mono, de culo rosa; un bicho caprichoso que en ocasiones, se escapaba al mercado y volvía magullado, apaleado por sus fechorías.

Un día de estío, el capitán tuvo que marchar a la guerra, esa que se disputaban en tierras extremeñas los nobles de Castilla contra la corona de  Portugal. Antes de partir, y a modo de testamento, contrató mis servicios como biógrafo. Este encargo me obligaba a pasar las tardes en compañía de mi señora, muchacha culta, joven y hermosa. Ella tejiendo, me contaba las historias de su linaje gallego, los viajes de su marido y las divertidas andanzas del mono, que empezaba a mostrarse bastante celoso con mis visitas.

Tanto tiempo compartí con la joven, que incluso me desveló algunas curiosidades. Resultó que ese palacio donde ellos vivían se construyó sobre las ruinas de una casa árabe. Mantuvieron el pozo y algunas dependencias, así como una entrada secreta que los infieles habían escavado en época de asedio cristiano, de esta manera podrían salir huyendo sin ser vistos. Aunque estaba oculta de miradas indiscretas, como en otros muchos palacios de esta villa,  se conocía de su existencia de tanto que se usaban, y ahora les contaré para qué.

No estoy orgulloso de lo que hice, pero el amor que sentía por mi señora era tal que me cegué, se me nubló la mente, ¿acaso no soy hombre?. Una tarde, vertí en su copa un brebaje que la bruja me había preparado, “para poder conciliar el sueño en estos días tan calurosos”, le excusé. Esa misma noche, penetré en su alcoba y en otros lugares… que Dios me perdone… En la alcoba, por los pasadizos que como calles transitadas tiene esta villa y lo otro no lo relato por ser yo un enamorado y no un aprovechado.

Otras noches volví, no sin inquietarme por si el cura con el que me cruzaba allá abajo se le escapaba la lengua, pero imagino que a la misma función iban él y otros caballeros con los que a menudo coincidí, con lo que, con el tiempo, dejé de temer.

Hasta el día en que mi señora descubrió que embarazaba una criatura, le dijo el médico. Ella, sabedora de cómo se engendra y de que el Santísimo Misterio de la Trinidad sucedió a través de la aparición de una paloma, y a ella no se le había aparecido paloma alguna, empezó a atar cabos. Entendí que debía salir sin demora por donde había venido.

Pasé todo el día escondido en las galerías, donde ocurrieron curiosas historias que contaré en otra ocasión, hasta llegar la noche, para salir por la puerta oculta de la ciudad, esa misma puerta por la que Cristo Nuestro Señor ayudó a Alfonso IX a conquistar esta ciudad para los cristianos. Y así marché lejos, a relatar el resto de la historia.

Estando yo en Plasencia, aprovechando la algarabía y el revuelo que organizaron los desposorios de Doña Juana y Don Alfonso, pues ya se sabe que los nobles quieren dejar testimonio de hechos tan relevantes como compartir un almuerzo con los reyes de Castilla y Portugal, entré al servicio de un noble bobalicón y traicionero que aspiraba a entrar en la corte de Castilla dándole igual el bando…por lo que ya deduje que no duraría mucho con ese continuo cambio de jubón, y poco después de esta historia, así fue.

Cuando en esa cena se contó -“la triste historia”- comenzó el juglar- “de un capitán de la villa de Cáceres, cuya mujer había dado a luz un precioso varón, al que llamaron Gonzalo, como su padre, dijeron, aunque este hecho no estaba muy claro ya que, o bien le duró a la hembra el embarazo 12 meses, o bien como una perra, en dos ya estaba hecho”-… todos rieron jubilosamente. El vino manchaba los lienzos blanquísimos y había tantas bandejas de plata con tantos ricos manjares que apenas quedaba sitio para sentar la copa.

-“Para acallar los rumores, donó ¡cien maravedíes a cada gremio de artesanos de la villa! para celebrar el nacimiento del pequeño, pero aquello sólo hizo avivar los comentarios. Encerró también a su mujer y al niño, a su suerte, sin sirvientas ni ayudantes, con la sola orden de tirarle comida por la ventana,”-

El juglar guardó el silencio que precede a una confesión, así estuvo, callado y con el cuerpo en tensión hasta que todos los presentes se contagiaron, y se hizo el silencio, un silencio total, ni risas, ni cuchicheos…nada…

“Nadie sabe a ciencia cierta qué pasó en la casa”-prosiguió-“pero una mañana, habían pasado poco más de dos meses del nacimiento, los gritos que salieron de sus ventanas despertaron a toda la villa cercana a ésta. Unos gritos de angustia y desesperación. “- Teatralizó el juglar cubriéndose la cabeza con un paño. Yo había dejado de respirar.-

“¡Nooooo!, ¡mi hijo noooo!,-imitaba amanerado el juglar los gritos de una mujer- ¡no lo toques, bestia del demonio!, ¡suéltalo, no le hagas daño!, ¡por favor! , gritaba la señora, encerrada en su alcoba por su marido despechado. El mono, que echaba de menos los arrullos y lisonjas de su dueña, se había colado por la ventana y al ver a la mujer con el niño en brazos, mamando de los sus pechos, ¡enloqueció!. Se lo arrebató de los sus brazos con una fuerza animal sin dar tiempo a reaccionar, matáselo en ese mismo instante de tanto que le apretó el gaznate.” – Vomité, vomité y seguía sin respirar, sentí desvanecerme pero seguía en pié, escuchando el final de la historia.

“El capitán, desolado, sintióse culpable por lo sucedido, mandó retratar en la fachada la terrible escena:  su mujer con el juicio perdido y el niño muerto en brazos, el mono enloquecido y él, horrorizado. Para castigar al mono y para castigarse así mismo, mandó encadenar al mono a la escalera. Hizo llamar a la bruja para que lanzase un hechizo y lo convirtiese en piedra. Dicen que con tal fortuna conjuró el hechizo, que no sólo convirtió en piedra al mono, sino también a la doncella que curiosa miraba desde el otro lado de la balaustrada, y cuya mirada aterrada por lo que vio quedará como testimonio de esta historia, que nunca deberá olvidarse.”

No hubo aplausos, todos los presentes le miraban aterrorizados. El juglar, entendiendo que iba a ser castigado por contar tal terrorífica historia, se arrodilló para pedir clemencia por su torpeza.

“¿qué pasó con la mujer?”, preguntó una de las doncellas que servían la comida en el banquete. Llevaba un gracioso sombrero, había estado bailando con otras mujeres para entretener a los comensales. Me miró, sí, creo que me miró directamente mientras hacía la pregunta. Mi corazón, que había recuperado un latido, volvió a pararse.

El juglar tragó saliva y continuó “La mujer arrulló a su hijo varios días y no permitió que nadie entrara en la alcoba. El capitán dormía en la puerta, esperando a que ella se calmase y poder entrar. Cuando empezó a olerse la putrefacción del cuerpo del niño, ordenó que varios soldados le acompañaran para arrancárselo por la fuerza si hiciera falta. El niño estaba tapado con una sabana, con los brazos sobre el pecho. La mujer había desaparecido de su alcoba, nadie sabe por dónde huyó. No acudió al entierro del infante ni se ha vuelto a saber nada de ella. Yo creo que ha ido en busca del verdadero padre, para hacerle pagar por abandonarlos a su suerte…No habrán estado ustedes en Cáceres hará un año, ¿no, señor Marqués?” dio un salto y una pirueta, y cayó sobre un sirviente. Las mujeres aún estaban compungidas pero los hombres soltaron una carcajada, a sabiendas de los amores extra-matrimoniales del marqués.

La doncella desapareció, la busqué, pero muchas muchachas entraron a servir aquel banquete. Desde entonces, no duermo ni dos horas seguidas. Cada noche tengo escalofríos. ¿Vendrá a buscarme?…sigo huyendo en esta época tan convulsa, hay guerras por todos lados. Quizás allí, en la guerra, me sienta seguro. Pero yo sólo soy un cronista de vidas mediocres y amores que caen en el olvido. Seguro que moriré en el frente por canalla, pues que así sea.

LA RECONQUISTA DE CÁCERES. 23 DE ABRIL 1229.

Qazires, 22 de Abril de 1229, víspera de la festividad de San Jorge.

Mi señor, Alfonso IX, justo con sus vasallos y valiente contra sus enemigos, tras la dura conquista de Qazires por la gracia de Dios, otorga, dos años después de la entrada victoriosa la víspera de San Juan, los fueros de villa que desde ahora se llamará Cáceres y así la une a las ya existentes en la corona de León.

Hay mucho disgusto entre la población, pues se le pide al rey que devuelva al pueblo lo  que su padre Fernando II donó a los Fratres de la ciudad.

A manos del rey ha llegado este documento que, junto a otros, justifica sus peticiones.

Y dice así:

001002003004

Mi rey entendió entonces.

Hoy, entrando la mansa alborada del 23 de abril de 1229, después de estar toda la noche vagando por la campiña, abatido por las dudas y comprendiendo el error cometido al exigir cumplir a los súbditos el vasallaje, llega a la alcoba por la misma puerta y subiendo el mismo pasadizo por el que la ciudad fue reconquistada. Me pide que abandone esta carta de Elvira en el lugar donde la encontré y que selle con piedras y arena  el túnel para que nadie jamás pueda encontrarla, ni demostrar que esta villa no le pertenece.

Obedezco, pero este legado lo dejo a buen recaudo, dentro de una caja de bronce, en un hueco de la pared. Quizás algún día se sepa la verdad.

En las crónicas oficiales nada de esto escribiré.

Concluyo: Otorgó los fueros de la villa la mañana del 23 de Abril de 1229. Un rey es un rey, y el mal ya estaba hecho.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s