La casa del Mono. Parte 2

CONTINUACIÓN DE LA HISTORIA SOBRE LA LEYENDA DE LA CASA DEL MONO, SACADA DEL MANUSCRITO INÉDITO DEL DIARIO DE MIS PADRES:

          Estando yo en Plasencia, aprovechando la algarabía y el revuelo que organizaron los desposorios de Doña Juana y Don Alfonso, pues ya se sabe que los nobles quieren dejar testimonio de hechos tan relevantes como compartir un almuerzo con los reyes de Castilla y Portugal, entré al servicio de un noble bobalicón y traicionero que aspiraba a entrar en la corte de Castilla dándole igual el bando…por lo que ya deduje que no duraría mucho con ese continuo cambio de jubón, y poco después de esta historia, así fue.

          Cuando en esa cena se contó -“la triste historia”- comenzó el juglar- “de un capitán de la villa de Cáceres, cuya mujer había dado a luz un precioso varón, al que llamaron Gonzalo, como su padre, dijeron, aunque este hecho no estaba muy claro ya que, o bien le duró a la hembra el embarazo 12 meses, o bien como una perra, en dos ya estaba hecho”-… todos rieron jubilosamente. El vino manchaba los lienzos blanquísimos y había tantas bandejas de plata con tantos ricos manjares que apenas quedaba sitio para sentar la copa.

          -“Para acallar los rumores, donó ¡cien maravedíes a cada gremio de artesanos de la villa! para celebrar el nacimiento del pequeño, pero aquello sólo hizo avivar los comentarios. Encerró también a su mujer y al niño, a su suerte, sin sirvientas ni ayudantes, con la sola orden de tirarle comida por la ventana,”-

          El juglar guardó el silencio que precede a una confesión, así estuvo, callado y con el cuerpo en tensión hasta que todos los presentes se contagiaron, y se hizo el silencio, un silencio total, ni risas, ni cuchicheos…nada…

          “Nadie sabe a ciencia cierta qué pasó en la casa”-prosiguió-“pero una mañana, habían pasado poco más de dos meses del nacimiento, los gritos que salieron de sus ventanas despertaron a toda la villa cercana a ésta. Unos gritos de angustia y desesperación. “- Teatralizó el juglar cubriéndose la cabeza con un paño. Yo había dejado de respirar.-

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          “¡Nooooo!, ¡mi hijo noooo!,-imitaba amanerado el juglar los gritos de una mujer- ¡no lo toques, bestia del demonio!, ¡suéltalo, no le hagas daño!, ¡por favor! , gritaba la señora, encerrada en su alcoba por su marido despechado. El mono, que echaba de menos los arrullos y lisonjas de su dueña, se había colado por la ventana y al ver a la mujer con el niño en brazos, mamando de los sus pechos, ¡enloqueció!. Se lo arrebató de los sus brazos con una fuerza animal sin dar tiempo a reaccionar, matáselo en ese mismo instante de tanto que le apretó el gaznate.” – Vomité, vomité y seguía sin respirar, sentí desvanecerme pero seguía en pié, escuchando el final de la historia.

          “El capitán, desolado, sintióse culpable por lo sucedido, mandó retratar en la fachada la terrible escena:  su mujer con el juicio perdido y el niño muerto en brazos, el mono enloquecido y él, horrorizado. Para castigar al mono y para castigarse así mismo, mandó encadenar al mono a la escalera. Hizo llamar a la bruja para que lanzase un hechizo y lo convirtiese en piedra. Dicen que con tal fortuna conjuró el hechizo, que no sólo convirtió en piedra al mono, sino también a la doncella que curiosa miraba desde el otro lado de la balaustrada, y cuya mirada aterrada por lo que vio quedará como testimonio de esta historia, que nunca deberá olvidarse.”

          No hubo aplausos, todos los presentes le miraban aterrorizados. El juglar, entendiendo que iba a ser castigado por contar tal terrorífica historia, se arrodilló para pedir clemencia por su torpeza.

          “¿qué pasó con la mujer?”, preguntó una de las doncellas que servían la comida en el banquete. Llevaba un gracioso sombrero, había estado bailando con otras mujeres para entretener a los comensales. Me miró, sí, creo que me miró directamente mientras hacía la pregunta. Mi corazón, que había recuperado un latido, volvió a pararse.

          El juglar tragó saliva y continuó “La mujer arrulló a su hijo varios días y no permitió que nadie entrara en la alcoba. El capitán dormía en la puerta, esperando a que ella se calmase y poder entrar. Cuando empezó a olerse la putrefacción del cuerpo del niño, ordenó que varios soldados le acompañaran para arrancárselo por la fuerza si hiciera falta. El niño estaba tapado con una sabana, con los brazos sobre el pecho. La mujer había desaparecido de su alcoba, nadie sabe por dónde huyó. No acudió al entierro del infante ni se ha vuelto a saber nada de ella. Yo creo que ha ido en busca del verdadero padre, para hacerle pagar por abandonarlos a su suerte…No habrán estado ustedes en Cáceres hará un año, ¿no, señor Marqués?” dio un salto y una pirueta, y cayó sobre un sirviente. Las mujeres aún estaban compungidas pero los hombres soltaron una carcajada, a sabiendas de los amores extra-matrimoniales del marqués. 

          La doncella desapareció, la busqué, pero muchas muchachas entraron a servir aquel banquete. Desde entonces, no duermo ni dos horas seguidas. Cada noche tengo escalofríos. ¿Vendrá a buscarme?…sigo huyendo en esta época tan convulsa, hay guerras por todos lados. Quizás allí, en la guerra, me sienta seguro. Pero yo sólo soy un cronista de vidas mediocres y amores que caen en el olvido. Seguro que moriré en el frente por canalla, pues que así sea. 

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FIN

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