La Casa del Mono. Parte 1

Querido diario:

La siguiente carta que dejó mi madre es la transcripción del primer documento encontrado, ése que les trajo a Cáceres y que da comienzo a su aventura…Y dice así:

-¡Tengo que deshacerme de él!, ¡Será una desgracia, un deshonor si mi esposo se entera!. ¿¡Un bastardo?!, ¡si yo no conozco varón más que mi esposo!. ¡Dios mío, me repudiará!, ¡podría golpearme o azotarme!. Tengo que traer a la bruja, ¡que me lo arranque de las entrañas!.-

Así gritaba mi señora cuando descubrió que las visitas en mitad de la noche, que ella creía soñadas pues decía despertarse agitada empapada en sudor, le dejaron el fruto del adulterio agarrado en las entrañas.

Mi señor, de largo linaje pero recién llegado a la villa llamada de Cáceres, casó en primavera con una preciosa doncella de apellido novelesco mucho más joven que él. Pasó toda la temporada de nieves y viéndola desesperada por no engendrar descendencia, compró a un mercader venido de lejos un mono, de culo rosa; un bicho caprichoso que en ocasiones, se escapaba al mercado y volvía magullado, apaleado por sus fechorías.

Un día de estío, el capitán tuvo que marchar a la guerra, esa que se disputaban en tierras extremeñas los nobles de Castilla contra la corona de  Portugal. Antes de partir, y a modo de testamento, contrató mis servicios como biógrafo. Este encargo me obligaba a pasar las tardes en compañía de mi señora, muchacha culta, joven y hermosa. Ella tejiendo, me contaba las historias de su linaje gallego, los viajes de su marido y las divertidas andanzas del mono, que empezaba a mostrarse bastante celoso con mis visitas.

                    Tanto tiempo compartí con la joven, que incluso me desveló algunas curiosidades. Resultó que ese palacio donde ellos vivían se construyó sobre las ruinas de una casa árabe. Mantuvieron el pozo y algunas dependencias, así como una entrada secreta que los infieles habían escavado en época de asedio cristiano, de esta manera podrían salir huyendo sin ser vistos. Aunque estaba oculta de miradas indiscretas, como en otros muchos palacios de esta villa,  se conocía de su existencia de tanto que se usaban, y ahora les contaré para qué.

No estoy orgulloso de lo que hice, pero el amor que sentía por mi señora era tal que me cegué, se me nubló la mente, ¿acaso no soy hombre?. Una tarde, vertí en su copa un brebaje que la bruja me había preparado, “para poder conciliar el sueño en estos días tan calurosos”, le excusé. Esa misma noche, penetré en su alcoba y en otros lugares… que Dios me perdone… En la alcoba, por los pasadizos que como calles transitadas tiene esta villa y lo otro no lo relato por ser yo un enamorado y no un aprovechado.

Otras noches volví, no sin inquietarme por si el cura con el que me cruzaba allá abajo se le escapaba la lengua, pero imagino que a la misma función iban él y otros caballeros con los que a menudo coincidí, con lo que, con el tiempo, dejé de temer.

Hasta el día en que mi señora descubrió que embarazaba una criatura, le dijo el médico. Ella, sabedora de cómo se engendra y de que el Santísimo Misterio de la Trinidad sucedió a través de la aparición de una paloma, y a ella no se le había aparecido paloma alguna, empezó a atar cabos. Entendí que debía salir sin demora por donde había venido.

Pasé todo el día escondido en las galerías, donde ocurrieron curiosas historias que contaré en otra ocasión, hasta llegar la noche, para salir por la puerta oculta de la ciudad, esa misma puerta por la que Cristo Nuestro Señor ayudó a Alfonso IX a conquistar esta ciudad para los cristianos. Y así marché lejos, a relatar el resto de la historia.

 

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